octubre 26, 2026
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Cuidados Paliativos en Geriatría: Estrategias Expertas para un Alivio Integral del Sufrimiento en Enfermedades Avanzadas

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Más allá del mito: qué son realmente los cuidados paliativos en geriatría

Existe una creencia profundamente arraigada que asocia los cuidados paliativos exclusivamente con el final de la vida. Sin embargo, esta visión reduccionista no solo es inexacta, sino que priva a muchos pacientes geriátricos de una atención que podría transformar su experiencia con la enfermedad. Los cuidados paliativos en el paciente anciano constituyen un enfoque de atención integral que busca aliviar el sufrimiento en todas sus dimensiones —física, emocional, social y espiritual— desde el momento mismo del diagnóstico de una enfermedad grave o potencialmente limitante para la vida. La Organización Mundial de la Salud recomienda su integración precoz en el plan terapéutico, y la evidencia científica respalda que esta intervención temprana no solo mejora la calidad de vida, sino que en algunos casos puede incluso prolongar la supervivencia.

En el contexto geriátrico, este enfoque adquiere matices particulares. El paciente anciano suele presentar múltiples comorbilidades, polifarmacia, síndromes geriátricos como fragilidad, caídas o deterioro cognitivo, y una red sociofamiliar que puede estar debilitada. Todo ello configura un escenario de vulnerabilidad donde el alivio del sufrimiento requiere una mirada experta, interdisciplinar y coordinada. Lejos de representar una renuncia terapéutica, los cuidados paliativos geriátricos representan un compromiso activo con el bienestar del paciente, compatible con tratamientos curativos o modificadores de la enfermedad que puedan estar indicados. La clave reside en el equilibrio entre el control sintomático y el mantenimiento de la funcionalidad, la autonomía y la dignidad.

A diferencia de la atención paliativa tradicional, centrada mayoritariamente en enfermedades oncológicas en fases terminales, los cuidados paliativos geriátricos se enfrentan a la dificultad añadida de establecer pronósticos precisos. Enfermedades como la insuficiencia cardíaca avanzada, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, la demencia en fases avanzadas o la fragilidad extrema presentan trayectorias de declive funcional impredecibles, donde identificar el momento óptimo para intensificar las medidas paliativas supone un desafío clínico constante. Esta incertidumbre, lejos de justificar la inacción, debe impulsar una valoración integral sistemática que incorpore herramientas pronósticas, pero sobre todo la escucha activa de las necesidades y preferencias del paciente y su familia. El objetivo no es predecir la muerte, sino garantizar la mejor vida posible en cada etapa de la enfermedad.

El momento crucial: cuándo iniciar los cuidados paliativos en el paciente anciano

Una de las preguntas más frecuentes entre profesionales y familias es cuándo resulta apropiado iniciar los cuidados paliativos en un paciente geriátrico. La respuesta ha evolucionado significativamente en las últimas décadas, alejándose del modelo dicotómico que separaba de forma estanca el tratamiento curativo del paliativo. Actualmente, el consenso científico aboga por un modelo de atención simultánea o integrada, donde los cuidados paliativos se incorporan de forma progresiva desde el diagnóstico de enfermedades graves, avanzadas o potencialmente limitantes para la vida, independientemente de que existan o no opciones curativas. Este abordaje, conocido como intervención precoz, ha demostrado en ensayos clínicos mejorar el control sintomático, reducir las hospitalizaciones no deseadas y aumentar la satisfacción de pacientes y familias.

En la práctica clínica con pacientes ancianos, ciertos indicadores pueden orientar sobre el momento adecuado para intensificar la mirada paliativa. La pregunta clave no debería ser «¿está este paciente al final de la vida?», sino «¿se beneficiaría este paciente de un enfoque integral que priorice su calidad de vida?». Esta segunda formulación abre la puerta a valorar necesidades multidimensionales que trascienden el mero control sintomático farmacológico. La presencia de síndromes geriátricos, el deterioro funcional progresivo, las hospitalizaciones frecuentes, la pérdida de peso involuntaria o la necesidad creciente de apoyo para las actividades básicas de la vida diaria constituyen señales de alerta que deberían activar la colaboración con equipos especializados en cuidados paliativos.

Indicadores clínicos que sugieren la necesidad de una valoración paliativa integral

Identificar de forma temprana a los pacientes que pueden beneficiarse de cuidados paliativos requiere una mirada clínica entrenada y el uso de herramientas de valoración validadas. Más allá de los criterios puramente pronósticos, que en el paciente geriátrico tienen limitaciones importantes, existen una serie de indicadores clínicos, funcionales y psicosociales que deberían impulsar una valoración paliativa integral. La combinación de varios de ellos, especialmente cuando coexisten, sugiere que el paciente podría beneficiarse de una atención más centrada en el confort, la calidad de vida y la planificación anticipada de decisiones.

  • Deterioro funcional mantenido: pérdida progresiva de la capacidad para realizar actividades básicas de la vida diaria, con dependencia creciente para alimentarse, vestirse, asearse o movilizarse, a pesar de intervenciones rehabilitadoras adecuadas.
  • Hospitalizaciones recurrentes: dos o más ingresos hospitalarios no programados en los últimos seis meses por descompensación de enfermedades crónicas o por complicaciones evitables, lo que sugiere una situación de vulnerabilidad clínica y fragilidad avanzada.
  • Síntomas persistentes de difícil control: dolor crónico que no responde adecuadamente al tratamiento convencional, disnea refractaria, náuseas, estreñimiento pertinaz o astenia intensa que limita significativamente la calidad de vida.
  • Desnutrición o pérdida de peso significativa: disminución involuntaria de más del 5-10% del peso corporal en los últimos seis meses, que no se corrige con intervenciones nutricionales y refleja un estado de catabolismo avanzado.
  • Negativa o falta de respuesta a tratamientos modificadores de la enfermedad: cuando el paciente, de forma informada y autónoma, rechaza opciones terapéuticas agresivas o cuando estas han dejado de ser efectivas, priorizando el confort y la calidad de vida sobre la prolongación de la supervivencia a cualquier precio.

Es importante subrayar que estos indicadores no deben aplicarse de forma rígida, sino que han de interpretarse en el contexto de una valoración geriátrica integral. Cada paciente es único, y la decisión de intensificar los cuidados paliativos debe tomarse de forma consensuada entre el equipo asistencial, el paciente y su familia, respetando siempre los valores, preferencias y objetivos vitales de la persona mayor. La comunicación empática, honesta y adaptada a las capacidades cognitivas y emocionales del paciente constituye la base sobre la que se asienta todo el proceso de toma de decisiones compartidas.

Dimensiones del sufrimiento: un modelo de atención integral para el paciente geriátrico

El sufrimiento que acompaña a las enfermedades avanzadas en el anciano no se limita al dolor físico. Existen múltiples dimensiones interconectadas que, si no se abordan de forma simultánea, impiden alcanzar un alivio completo y duradero. La atención paliativa de calidad exige una evaluación sistemática y un plan de cuidados individualizado que contemple la esfera física, la emocional, la cognitiva, la social, la informativa y la espiritual. Este enfoque multidimensional, conocido como modelo biopsicosocial-espiritual, reconoce que el sufrimiento humano es complejo y que la intervención sobre una sola esfera rara vez resulta suficiente para restaurar el bienestar global del paciente y su entorno afectivo.

La valoración de cada una de estas dimensiones no puede realizarse de forma intuitiva o improvisada. Requiere la utilización de herramientas validadas, adaptadas a la población geriátrica, y la implicación de un equipo interdisciplinar en el que colaboran médicos, enfermeras, psicólogos, trabajadores sociales, fisioterapeutas y, cuando procede, asesores espirituales. La comunicación entre todos estos profesionales debe ser fluida y constante, y las decisiones deben consensuarse tanto con el paciente como con su familia. Este trabajo en equipo, lejos de diluir responsabilidades, multiplica la capacidad de respuesta ante necesidades complejas que ningún profesional podría abordar en solitario con la profundidad requerida.

Dimensión física: más allá del control del dolor

El control del dolor constituye uno de los pilares fundamentales de los cuidados paliativos, y su manejo en el paciente geriátrico presenta peculiaridades que es imprescindible conocer. La escalera analgésica de la Organización Mundial de la Salud sigue siendo la referencia básica, pero su aplicación en el anciano debe realizarse con precaución, comenzando con dosis más bajas, incrementos más lentos y una monitorización más estrecha de los efectos adversos. El paracetamol y el metamizol constituyen buenas opciones de primer escalón, mientras que los antiinflamatorios no esteroideos deben utilizarse con suma precaución debido al riesgo elevado de hemorragia digestiva, insuficiencia renal y descompensación cardiovascular en esta población.

En el segundo y tercer escalón, los opioides constituyen la herramienta terapéutica más potente para el dolor moderado e intenso, y su uso en geriatría está plenamente justificado cuando existe indicación clínica, siempre que se respeten ciertas normas de seguridad. La codeína y el tramadol son opciones válidas para el dolor moderado, mientras que la morfina sigue siendo el opioide de referencia para el dolor intenso. Las presentaciones transdérmicas de buprenorfina o fentanilo pueden resultar especialmente útiles en pacientes con dificultades para la vía oral o con problemas de adherencia terapéutica, ya que proporcionan concentraciones plasmáticas más estables y se administran cada 72 horas. Sin embargo, es crucial evitar el uso de ciertos fármacos cuyo perfil de seguridad es desfavorable en el anciano, como la meperidina, el dextropropoxifeno o los agonistas-antagonistas del tipo pentazocina.

  • Primer escalón: paracetamol hasta 1 g cada 6-8 horas, evitando superar los 3-4 g diarios. Metamizol en dolor de tipo cólico o cuando se requiere un efecto relajante sobre la musculatura lisa.
  • Segundo escalón: tramadol en dosis iniciales de 25-50 mg cada 8-12 horas, con incrementos progresivos según respuesta y tolerancia. La presentación en solución oral facilita la titulación en pacientes frágiles.
  • Tercer escalón: morfina oral de liberación inmediata para titular la dosis eficaz, pasando posteriormente a formulaciones de liberación prolongada. Las presentaciones transdérmicas de buprenorfina o fentanilo, que pueden cortarse para ajustar la dosis, constituyen una alternativa segura y cómoda en muchos pacientes ancianos.
  • Coadyuvantes: gabapentina o pregabalina para el dolor neuropático, corticoides como la dexametasona para el dolor óseo metastásico o la compresión nerviosa, y antidepresivos como la nortriptilina en dosis bajas para el dolor neuropático refractario.

Pero el sufrimiento físico trasciende ampliamente el dolor. La disnea, la astenia, las náuseas, el estreñimiento, la anorexia y el insomnio son síntomas extraordinariamente prevalentes en las fases avanzadas de la enfermedad y generan un malestar profundo que requiere un abordaje específico. La disnea, por ejemplo, puede aliviarse con opioides a dosis bajas, benzodiacepinas en casos de ansiedad asociada y medidas no farmacológicas como la utilización de ventiladores o la apertura de ventanas. El estreñimiento inducido por opioides debe prevenirse sistemáticamente con laxantes osmóticos o estimulantes desde el primer día de tratamiento. La atención meticulosa a estos detalles, que a menudo se consideran menores, marca la diferencia entre un paciente que sufre y uno que puede concentrar su energía en lo que realmente le importa durante el tiempo que le queda.

Dimensión emocional y espiritual: atender el sufrimiento invisible

La enfermedad avanzada en el anciano desencadena con frecuencia una cascada de reacciones emocionales que incluyen ansiedad, tristeza, miedo, ira y, en algunos casos, una sensación profunda de desesperanza que puede manifestarse como deseo de adelantar la muerte. Estos estados emocionales no solo generan un sufrimiento psicológico intenso, sino que amplifican la percepción del dolor físico y dificultan la adaptación a la nueva situación. La detección precoz de la depresión, que en el anciano puede manifestarse de forma atípica con síntomas como irritabilidad, aislamiento social, quejas somáticas múltiples o rechazo de cuidados, es crucial para ofrecer un tratamiento adecuado que combine, según las necesidades individuales, apoyo psicológico estructurado y, cuando sea necesario, tratamiento farmacológico con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina como sertralina o citalopram, que presentan un perfil de seguridad más favorable en esta población.

Junto a la dimensión psicológica, la esfera espiritual adquiere una relevancia particular en las fases avanzadas de la enfermedad y en la proximidad de la muerte. La espiritualidad no debe confundirse con la religiosidad, aunque para muchos pacientes ambas esferas se solapen. Se refiere más bien a la necesidad universal de encontrar sentido a la propia existencia, de cerrar heridas del pasado, de reconciliarse con uno mismo y con los demás, y de sentir que la vida ha merecido la pena. El sufrimiento espiritual surge cuando el paciente percibe una ruptura entre su realidad actual y aquello que daba coherencia y propósito a su vida. La exploración respetuosa de esta dimensión mediante preguntas abiertas como «¿qué es lo que le da fuerza en estos momentos difíciles?» o «¿hay algo que le preocupe especialmente y que quiera compartir?» permite aliviar una forma de dolor que ningún fármaco puede alcanzar.

Dimensión social y familiar: cuidar a quienes cuidan

La enfermedad avanzada no afecta únicamente al paciente, sino que transforma profundamente la dinámica de todo el núcleo familiar. El cuidador principal, que en la mayoría de las ocasiones es una mujer de edad avanzada —con frecuencia la cónyuge o una hija—, asume una carga física, emocional y logística que puede desbordar sus recursos personales. La valoración social debe explorar la capacidad del entorno para proporcionar los cuidados necesarios, la presencia de signos de sobrecarga del cuidador, los recursos económicos disponibles y la necesidad de activar prestaciones sociales como la ayuda a domicilio, la teleasistencia o el ingreso en centros de día. Ignorar esta dimensión conduce inevitablemente al agotamiento del cuidador, al incremento de la institucionalización no deseada y a una atención deficiente del paciente.

Además, la atención a la familia no se limita a la provisión de recursos materiales. El acompañamiento emocional a los cuidadores, la información honesta y adaptada sobre la evolución esperable de la enfermedad, la resolución de dudas y temores, y el apoyo durante el duelo posterior al fallecimiento constituyen elementos nucleares de unos cuidados paliativos de calidad. La familia que se siente cuidada y acompañada está en mejores condiciones de ofrecer un entorno seguro y amoroso al paciente en sus últimos días, y de afrontar la pérdida de una forma más saludable. La planificación anticipada de la atención, que abordaremos en detalle más adelante, representa una herramienta particularmente valiosa para prevenir conflictos familiares y garantizar que las decisiones difíciles se tomen de forma compartida y respetuosa con los valores del paciente.

Estrategias farmacológicas adaptadas al paciente geriátrico con enfermedad avanzada

El tratamiento farmacológico del dolor y otros síntomas en el paciente anciano con enfermedad avanzada exige un conocimiento profundo de los cambios fisiológicos asociados al envejecimiento y de su impacto sobre la farmacocinética y la farmacodinamia de los medicamentos. La disminución del filtrado glomerular, la reducción del metabolismo hepático, la alteración de la composición corporal con aumento de la masa grasa y disminución del agua corporal total, y la mayor sensibilidad de los receptores a determinados fármacos justifican el aforismo clásico en geriatría: «empezar bajo, ir lento». Sin embargo, esta prudencia farmacológica no debe convertirse en una barrera que prive al paciente del alivio sintomático que necesita y al que tiene derecho.

Junto a las consideraciones puramente farmacológicas, la polifarmacia constituye uno de los mayores desafíos en el manejo del paciente geriátrico en cuidados paliativos. La coexistencia de múltiples patologías crónicas conlleva con frecuencia la prescripción de un número elevado de fármacos, lo que incrementa exponencialmente el riesgo de interacciones medicamentosas y de efectos adversos. La revisión sistemática de la medicación —conocida como conciliación terapéutica— debe realizarse de forma periódica, suspendiendo aquellos fármacos cuya relación beneficio/riesgo se haya vuelto desfavorable en el contexto de una enfermedad avanzada. Por ejemplo, las estatinas, los antihipertensivos intensivos o los hipoglucemiantes orales estrictos pueden carecer de sentido cuando el objetivo prioritario es el confort y la esperanza de vida es limitada.

Manejo de opioides en el anciano con dolor moderado o intenso

Los opioides constituyen el pilar fundamental del tratamiento del dolor oncológico y no oncológico en fases avanzadas de la enfermedad. En el paciente geriátrico, su uso está plenamente indicado cuando el dolor es de intensidad moderada o severa y no responde a analgésicos de primer escalón. Las dosis deben individualizarse cuidadosamente, iniciando con un 50-75% de la dosis estándar del adulto joven y titulando de forma progresiva cada 48-72 horas según la respuesta analgésica y la aparición de efectos secundarios. La morfina sigue siendo el opioide de referencia, pero en pacientes con insuficiencia renal moderada o severa —frecuente en geriatría— pueden preferirse opioides con menor acumulación de metabolitos activos, como el fentanilo o la buprenorfina, especialmente en sus formulaciones transdérmicas, que además evitan el primer paso hepático y proporcionan concentraciones plasmáticas más estables.

Uno de los temores más extendidos entre los profesionales sanitarios y los familiares es el riesgo de depresión respiratoria inducida por opioides. Aunque se trata de un efecto adverso potencialmente grave, su incidencia en la práctica clínica es baja cuando se realiza una titulación cuidadosa de la dosis y se monitoriza al paciente de forma adecuada. El estreñimiento, por el contrario, es un efecto adverso casi universal cuyo manejo debe ser preventivo desde el primer día de tratamiento, asociando laxantes osmóticos como el polietilenglicol o estimulantes como el bisacodilo. Las náuseas y la somnolencia suelen ser transitorias durante los primeros días de tratamiento y ceden con el desarrollo de tolerancia. En caso de persistir, el cambio a otro opioide —rotación de opioides— permite en la mayoría de los casos encontrar un fármaco eficaz y mejor tolerado.

Fármacos coadyuvantes y precauciones específicas en geriatría

Los fármacos coadyuvantes desempeñan un papel crucial en el manejo de ciertos tipos de dolor y síntomas asociados, especialmente en el dolor neuropático y el dolor óseo metastásico, tan frecuentes en patologías oncológicas avanzadas. La gabapentina y la pregabalina se han consolidado como fármacos de primera línea para el dolor neuropático en el anciano, debido a su mejor perfil de tolerabilidad en comparación con los antidepresivos tricíclicos clásicos, cuyos efectos anticolinérgicos —sequedad de boca, estreñimiento, retención urinaria, confusión— los convierten en una opción menos recomendable en esta población. Si se opta por un antidepresivo tricíclico, la nortriptilina o la desipramina presentan un perfil anticolinérgico más favorable que la amitriptilina.

Los corticoides, particularmente la dexametasona, resultan de gran utilidad en el tratamiento del dolor óseo metastásico, la compresión medular, la hipertensión intracraneal por edema peritumoral y la disnea refractaria. Su uso debe limitarse en el tiempo, vigilando la aparición de hiperglucemia, retención hidrosalina y, con tratamientos prolongados, miopatía esteroidea e inmunosupresión. Otros fármacos como los bifosfonatos o el denosumab tienen un papel establecido en la prevención y el tratamiento del dolor por metástasis óseas, mientras que la ketamina y el dextrometorfano, antagonistas de los receptores NMDA, pueden considerarse en casos seleccionados de dolor refractario de difícil control. En todos los casos, el principio de prudencia debe guiar la prescripción, recordando que en el paciente geriátrico frágil, los efectos adversos de los fármacos pueden manifestarse de forma atípica, como deterioro funcional, confusión mental o caídas.

Grupo farmacológico Fármacos recomendados en geriatría Precauciones específicas
Analgésicos no opioides Paracetamol, metamizol Evitar AINE si es posible; si son necesarios, usar ibuprofeno a la dosis mínima eficaz y durante el menor tiempo posible, siempre con gastroprotección
Opioides menores Tramadol (iniciar con 25-50 mg/8-12 h) Precaución en insuficiencia renal; riesgo de síndrome serotoninérgico si se asocia a ISRS
Opioides mayores Morfina, buprenorfina transdérmica, fentanilo transdérmico Iniciar con dosis reducidas (50-75% de la dosis del adulto joven); evitar meperidina y dextropropoxifeno
Antidepresivos para dolor neuropático Nortriptilina, duloxetina Evitar amitriptilina por sus efectos anticolinérgicos; monitorizar la tensión arterial con duloxetina
Anticonvulsivos para dolor neuropático Gabapentina, pregabalina Ajustar dosis según filtrado glomerular; inicio progresivo para minimizar la sedación y los mareos

Planificación compartida de la atención: respetar la voz del paciente cuando ya no pueda hablar

La planificación compartida de la atención, también conocida como planificación anticipada de decisiones, constituye probablemente una de las herramientas más poderosas y, paradójicamente, una de las más infrautilizadas en el cuidado del paciente geriátrico con enfermedad avanzada. Se trata de un proceso comunicativo, deliberativo y dinámico, idealmente iniciado de forma precoz, que persigue conocer los valores, preferencias y expectativas del paciente en relación con su salud y su proyecto vital, para después traducirlos en recomendaciones y planes de actuación concretos que orienten la toma de decisiones cuando la persona ya no pueda expresarse por sí misma. Lejos de limitarse a un documento firmado ante notario, la planificación compartida es un proceso vivo que evoluciona con la enfermedad y que debe revisarse periódicamente.

La diferencia entre el Documento de Voluntades Anticipadas y la Planificación Compartida de la Atención es sustancial y merece ser aclarada. El primero es un documento legal en el que una persona deja constancia de cómo desea ser tratada en determinadas circunstancias clínicas, y suele redactarse en un momento puntual, con frecuencia sin la participación de los profesionales sanitarios que después tendrán que interpretarlo. La planificación compartida, en cambio, es un proceso que se construye a lo largo del tiempo, en el contexto de la relación clínica, mediante conversaciones sucesivas entre el paciente, su familia y el equipo asistencial. Estas conversaciones exploran lo que realmente importa al paciente, sus miedos, sus prioridades y aquello que daría sentido a su vida incluso en una situación de gran dependencia o de proximidad a la muerte. El resultado no es un documento rígido, sino una guía flexible que permite al equipo tomar decisiones coherentes con la biografía y los valores del paciente cuando este ya no puede participar directamente en ellas.

Para los profesionales sanitarios, iniciar estas conversaciones puede resultar incómodo o emocionalmente exigente, y con frecuencia se posponen por temor a generar angustia en el paciente o en sus familiares. Sin embargo, la experiencia clínica y la investigación disponible indican justo lo contrario: los pacientes y las familias agradecen estas conversaciones cuando se desarrollan en un clima de empatía, honestidad y respeto, ya que les permiten recuperar una sensación de control sobre su propia vida y reducen la incertidumbre ante un futuro que se percibe como amenazante. La pregunta no debería ser «¿quiere usted que le reanimemos si su corazón se para?», sino más bien «para usted, en este momento de su vida, ¿qué es lo más importante? ¿qué cosas le gustaría poder seguir haciendo mientras sea posible? ¿qué situaciones considera que serían inaceptables para usted?». Este enfoque centrado en los valores, más que en intervenciones concretas, permite construir un plan de atención verdaderamente personalizado.

Conclusiones y recomendaciones prácticas para familiares y cuidadores no profesionales

Si usted está acompañando a un ser querido de edad avanzada que enfrenta una enfermedad grave o avanzada, es posible que sienta miedo, confusión e incluso impotencia. Sepa que esos sentimientos son normales y que no está solo. Los cuidados paliativos existen precisamente para ayudarles tanto a usted como a su familiar a transitar este camino difícil con el mayor confort, dignidad y paz posibles. No se trata de renunciar a la esperanza, sino de redefinirla: la esperanza ya no se deposita exclusivamente en la curación, sino en vivir cada día con la menor cantidad de sufrimiento posible, en disfrutar de los pequeños momentos, en cerrar asuntos pendientes y en sentir que la vida ha merecido la pena. Hablar abiertamente con los profesionales sanitarios sobre lo que le preocupa, preguntar sin miedo y participar en las decisiones le ayudará a sentirse más acompañado y seguro.

Existen algunas señales que pueden indicarle que ha llegado el momento de solicitar ayuda especializada en cuidados paliativos: si su familiar siente dolor u otros síntomas que no mejoran a pesar del tratamiento, si ha tenido varios ingresos hospitalarios en los últimos meses, si cada vez necesita más ayuda para las actividades cotidianas, si ha perdido peso de forma significativa sin motivo aparente, o si tanto usted como su familiar sienten que la situación actual es insostenible desde el punto de vista emocional. No espere a que la situación sea extrema. Solicitar ayuda pronto permite a los equipos de cuidados paliativos conocer a su familiar, establecer un vínculo de confianza y proporcionar un apoyo que no se limite a los últimos días, sino que acompañe todo el proceso de la enfermedad. Recuerde que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de amor y responsabilidad hacia su ser querido.

Conclusiones y reflexiones para profesionales sanitarios y expertos en geriatría

Para los profesionales sanitarios que trabajan con pacientes geriátricos, la integración de los cuidados paliativos representa un reto y una oportunidad. El reto radica en superar el modelo tradicional de derivación tardía, cuando ya se han agotado todas las opciones curativas, y avanzar hacia un modelo de atención simultánea en el que las intervenciones paliativas se ofrecen de forma precoz, integradas con los tratamientos modificadores de la enfermedad que estén indicados. La evidencia científica disponible, incluyendo ensayos clínicos de referencia en pacientes oncológicos y no oncológicos, respalda de forma sólida que la intervención paliativa precoz no solo mejora la calidad de vida y el control sintomático, sino que reduce las hospitalizaciones no deseadas, disminuye la utilización de tratamientos fútiles en los últimos días de vida y, en algunos contextos clínicos, puede incluso prolongar la supervivencia.

La oportunidad se concreta en varios niveles de actuación. En el ámbito formativo, resulta imperativo incorporar competencias básicas en cuidados paliativos y planificación compartida de la atención en los programas de formación de grado y posgrado de todas las especialidades que atienden a pacientes ancianos, y no solo en las tradicionalmente vinculadas a los cuidados paliativos. En el ámbito asistencial, es necesario desarrollar modelos de colaboración interdisciplinar que faciliten la comunicación fluida entre los equipos de geriatría, medicina interna, oncología, cardiología, neumología, neurología y cuidados paliativos, superando la fragmentación que con tanta frecuencia perjudica al paciente. En el ámbito organizativo, resulta prioritario dotar a las áreas sanitarias de recursos de cuidados paliativos con capacidad para atender a pacientes geriátricos tanto en el hospital como en el domicilio y en las residencias, donde reside un porcentaje creciente de la población anciana con enfermedades avanzadas. La excelencia en el cuidado del paciente geriátrico al final de la vida no es un objetivo accesorio, sino un indicador de la calidad y la madurez de cualquier sistema sanitario que aspire a ser verdaderamente humano.

Jose Luis Tobaruela

“Miembro de la Junta directiva de la
Asociación Literaria de autores de Navalcarnero

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